Dar calidad de vida a un paciente desahuciado por cáncer

 In Casos Clínicos, Experiencias

Según la medicina integrativa el cáncer es el resultado de un trauma o una alteración emocional muy intensa, que crea perturbaciones celulares en una parte precisa del organismo. Según el doctor Ryke Geerd Hamer, para nosotros, un ”bocado indigerible“ se puede traducir en un divorcio difícil, problemas con el dinero o alguna herencia, un corte familiar dramático, etc. Cuando experimentamos un conflicto ”indigerible”, se inicia el mismo proceso de proliferación celular, controlado desde la parte del cerebro que controla nuestro colon. En el tiempo que una persona permanezca estresada debido al “tema indigerible”, las células seguirán multiplicándose, formando lo que se define como un tumor en el colon.

Llegó derivada de un médico que, entre otros, me envía casos que clínicamente no tienen solución. Acompañada de su hija, A.R. llegó a mi consulta un 7 de noviembre de 2014 y lo hizo verbalizando estas frases: me han desahuciado dos hospitales y “vengo agarrándome a un hierro candente y confío plenamente en que usted me puede ayudar”. Tenía 64 años, apenas pesaba 40 kilos. Su penoso vía crucis había comenzado en Febrero de 2010, fecha en que le detectaron el tumor.

Al analizar su personalidad a través de las impresiones digitales, me di cuenta de que era una mujer muy fuerte y vital, trabajadora, luchadora incansable, valiente, también muy emocional y afectiva. Todo lo que tenía lo había logrado a través de su incansable esfuerzo. Detrás de la pantalla que se había creado para que nadie descubriera sus debilidades, existía la otra A.R., la mujer sensible, sufridora, protectora acérrima de los suyos, afectiva hasta la médula, con un extremado sentimiento de soledad que su aparente fortaleza logró ocultar hasta el final de sus días. Su apariencia hizo creer siempre a todo el mundo que podía con todo. Fue “mal querida” en sus relaciones con los hombres, un conflicto “indigerible para ella”. Divorciada del padre de sus hijos, siempre tuvo que tirar del remolque de la relación afectiva y familiar. Pasados cuatro años de esa separación, conoció a un hombre casado y se enamoró perdidamente de él. Él nunca dio un paso hacia delante para estar con ella a pesar de que en muchas ocasiones parecía que iba a suceder. A.R. siempre se sintió la otra, la relación duró otros veintitantos años. Veintitantos años de sufrimiento silenciado y un acentuado sentimiento de soledad. En el año 2009 terminó la relación, “causalmente” al año siguiente le detectan un tumor en el colon.

Desahuciada por dos hospitales, la última noticia era que no podían hacer nada por ella y le predecían escaso tiempo de vida. Empezamos la terapia. “Las dos primeras semanas de tratamiento, necesité tener una palangana a mano para recoger las heces que vomitaba”. Los vómitos cesaron pronto y empezó a encontrarse mejor. Poco a poco iba recobrando el equilibrio y en pocas semanas comenzó a llevar una vida digna dentro de sus posibilidades. Un rayo de esperanza comenzó a albergarse en su mente. La oncóloga que la lleva no entendía lo que estaba sucediendo, ella le comentó que se estaba sometiendo a un tratamiento integrativo, pero ésta no mostró ningún interés al respecto, algo que suele suceder en todos los casos que trato.

Seguía con vida, motivo por el que cada cuatro meses seguían realizándole pruebas para comprobar el nivel de los marcadores tumorales. Dos meses antes de este proceso presentaba un cuadro importante de miedo y angustia –que la perjudicaba inexorablemente–, esto no nos ayudaba en absoluto.

Entre largas conversaciones, sesiones de bioenergía y una gran empatía entre las dos, pasó un año y medio. Fue un periodo de momentos más dulces que agrios, en este tiempo se reconcilió con ella misma, logró ver nacer a su nieto, contó con el amor y la ineludible compañía de sus hijos, e incluso marchó de vacaciones a la playa.

En mi larga trayectoria he podido comprobar que los milagros existen, en este caso sabía que este milagro tenía fecha de caducidad. Su experiencia de vida incluía demasiadas heridas físicas y psicológicas, un rosario de sufrimiento y dolor incalculable. No pudo ser de otra forma y se fue en paz. Ocurrió una madrugada de junio del 2016.

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El caso de A. R. pone de manifiesto una reflexión que me repito muy a menudo: “Poder formar un tándem integrativo entre la oncóloga o el equipo que la dirigía, nos hubiera ayudado enormemente”. Desafortunadamente en nuestro país esto ocurre pocas veces, pero los terapeutas como yo todavía vivimos con la esperanza de que esto suceda.

En relación a esta colaboración entre profesionales, os recomiendo un artículo publicado en La Vanguardia. Es una entrevista al Dr. Alejandro Chaoul, director de Educación del programa de Medicina Integrativa del MD Anderson Cancer Center de Houston, que dice mucho al respecto.

Cuadro de diagnóstico con el que A.R. llegó a mi consulta (escrito por ella misma)

En agosto de 2010 tras una endoscopia, me realizaron una sigmoidectomía por un adenocarcinoma de sigma pT3N0. Tras la operación empezamos con quimio terapia, pero tras un cuadro clínico compatible con una angina de pecho suspendieron el tratamiento.

En diciembre de 2010 ingreso en el hospital por una oclusión intestinal de un adenocarcinoma, poco diferenciado del probable origen primario ginecológico con implantes mesentéricos peritoneales múltiples. Una vez analizado el tumor se diagnostica como carcinoma seroso papilar de origen ovárico.

Tras esta operación recibí 4 ciclos de quimioterapia. En mayo de 2011 me realizaron histerectomía con doble anexectomia, omentectomía infra y supramesocólica, peritonectomía pelviana en bloque y correderas parietocólicas; peritonectomía de cúpulas diafragmáticas; linfadenectomía pélvia y paraaórtica. Tras su estudio anatomopatológico todas las muestras y glanglios muestran ausencia de malignidad.

Tras unas semanas de reposo me hacen los dos últimos ciclos de quimioterapia programados.
Durante los siguientes meses me van haciendo controles cada tres meses de sangre y Tac cada 6 meses. Todo fue bien hasta marzo de 2013, cuando tras estudio del Tac se muestra lesión pararectal izquierda de hasta 17 mm de origen ovárico. Durante tres meses me ponen 3 ciclos de tratamiento que tienen que suspender ya que al realizar Tac se muestra que la lesión ha aumentado hasta 40 mm. Así que cambiamos a otra quimio semanal con la que se consigue parar el crecimiento. Pero en esas Navidades me intervienen ambulatoriamente de una hemorroide de gran tamaño que me dolía mucho. También me habían salido 2 fístulas en las nalgas, una de ellas llegó a abrirse y también salían por ahí defecaciones. Se abrió una fístula entre el ano y la vagina por lo que también defecaba por la vagina. Volvieron a ponerme quimio pero viendo lo mal que estaba, y lo que me dolía al ir al baño, se decidió en marzo de 2014 hacerme una colostomía terminal fijada en flanco izquierdo. Tras la operación se infecta la herida de la cirugía y se forman en esa zona fístulas por las que sale la defecación. El estoma realizado por el cirujano se acaba cerrando, y a día de hoy defeco por las fístulas que tengo en el vientre.

Por último, hace un mes la oncóloga vuelve a hacerme un TAC y se aprecia aumento en el tamaño de la adenopatía de aspecto infiltrativo de localización paraaórticas izquierdas. Infiltrado de aspecto inflamatorio/infeccioso en LII, asociado a derrame pleural ipsilateral. Aumento de tamaño de ganglios mediastínicos de localización retrocavo pretraqueal, hiliares y en localización subcarinal. Así que la doctora viendo mi estado general y la poca tolerancia a la quimioterapia suspende cualquier tratamiento ya que considera que no puede hacer mucho más para ayudarme.

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